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«EDUCANDO CON YOGA»

Publicado en revista Psicología Práctica - Nº 172


   

No hay un yoga para todos los niños. Lo que hay es un concepto yóguico que funciona: se trata de potenciar los dones y los talentos que cada niño posee, algo que la práctica del yoga consigue con facilidad.

Afortunadamente existen muchos estilos de yoga y numerosas escuelas por todo el mundo. También hay muchas perspectivas acerca de cómo se debe abordar la educación a través del yoga. Porque el yoga también educa a nuestros niños y jóvenes. Existen diferentes formas de crear y aprender desde esta milenaria disciplina originaria de la india.

Vivimos en los que Zygmunt Bauman denomina “modernidad líquida”. Lo que hay hoy puede ser inútil mañana. Por eso la educción ha de cambiar de paradigma. Hacen falta escuelas en las que se experimente el sentir, prácticas de atención plena y ejercicios que ayuden a resolver problemas energéticos y físicos. Necesitamos, como diría Swami Sivananda, “reinventarnos, renacer, adaptarnos, ajustarnos y acomodarnos”.

Si todo es líquido y se mueve, volviendo a Bauman, sólo nos quedan los vínculos que establecen las personas entre sí. Con la educción actual estamos desconectando a los niños de su esencia, y lo ideal sería ofrecer lo obligatorio como oportunidad, potenciar los sentidos cediéndoles espacio para aprender todos los días. Teniendo presente que la educación dura toda la vida, es necesario sacar aquello que está en potencia en cada persona desde su más tierna infancia: la flexibilidad, la generosidad, la confianza…, puliéndolo para desarrollarlo, al tiempo que se da espacio a las emociones.

En este curso se nos da la oportunidad de escuchar muchas voces del mundo educativo, una lluvia de nuevas ideas que proponen la necesidad de crear espacios de aprendizaje, ya que no se puede no educar. Si los niños aprendieran las bases del respeto y la coherencia características del yoga, y potenciaran sus propios talentos a través de la educación en yoga, podríamos crear una sociedad mejor.

LIBERTAD DE MOVIMIENTO

Christine McArdle es la creadora del programa de formación para maestros de yoga para niños OM Shree OM, y ha entrenado a cientos de maestros en varios países. Está convencida de que existen líneas muy finas que separan el cuerpo, la mente y el espíritu y apuesta por la libertad de movimiento para los niños. Según su experiencia, es más sencillo el aprendizaje al aire libre y a través del cuerpo con, por ejemplo, dinámicas de baile libre, actividades de exploración, etc., que en espacios cerrados, permaneciendo sentados y con el único objetivo de memorizar.

Durante su intervención, cantamos, realizamos diferentes prácticas procedentes del Anusara yoga e incluso potenciamos nuestra aura con la ayuda de aceites esenciales. Su idea didáctica es captar el momento, llegar a los niños y jugar con las emociones a través de juegos de espejo, de trabajos en equipo y mensajes durante la relajación o masajes. El espíritu se trabaja pasando tiempo en la naturaleza, con una escucha radical presente y con cartas espirituales para hacer preguntas al universo. En su opinión, lo que falta en las aulas tradicionales es alegría, puesto que el 90 por ciento del tiempo lo que existe es estrés.

DAR ESPACIO A LAS EMOCIONES

Lidia Serra, maestra de primaria y profesora de yoga, coordina el grupo de trabajo del yoga en la educación de ICE, de la Universidad Autónoma de Barcelona. Nos enseñó a dar espacio a las emociones de los niños para que aprendan el respeto y la coherencia del maestro. Nos demostró cómo las bases del aprendizaje, según el informe Delors, tienen relación con los pilares del yoga: aprender a convivir y habitar el mundo; aprender a pensar y comunicar; a descubrir y tener iniciativa; a ser y actuar de manera autónoma. Se trata de unir los ejes competenciales de occidente y oriente.

Las clases de yoga suponen un antes y un después para los niños. En su cajita del rincón de la inspiración guardan algo que les inspira y les gusta, que tiene relación con el yoga. Después, todos los niños pasan por una esterilla central donde ponen los objetos de ese rincón alrededor. Esta idea de Teresa Arroyo forma parte de las dinámicas que han logrado hacer del yoga una asignatura más dentro de una escuela pública de primaria.

A través del proyecto “A volar” se conecta con el corazón y el alma de los niños. Se educa con la mirada, se trabajan los sentidos, se rehabilita el tacto y se accede más fácilmente a los roles dificultosos de determinados niños. Con los mandalas, que en el aula se utilizan como herramientas de rescate y limpieza emocional, se realizan transformaciones muy profundas, siendo, además, muy fáciles de usar tanto en la escuela como en familia.

El proyecto, gestado durante once meses en Santander y que vio la luz en septiembre de 2010, busca una escuela pública en la que el yoga sea una asignatura más. El objetivo es que los niños se sientan más seguros y tranquilos, y que tengan menos miedos, como ellos mismos afirman después de su experiencia con el yoga. Un proyecto en el que la respiración es mágica. Una curiosidad: dentro de la denominada “casita del silencio”, los niños pueden desarrollar todo aquello que va más allá de la imaginación y que quizá no pueden desarrollar en su vida. El profesor se convierte en un puente para ayudarles a avanzar en todos los niveles.

DIVERSIÓN, DIVERSIÓN, DIVERSIÓN…

   

El equilibrio entre espontaneidad y estructura es la clave de Rainbow Kids Yoga, que Cayetana Ródenas también nos presentó durante el curso. A través de la diversión, los niños aprenden a escucharse mutuamente a la vez que se expresan de forma creativa. Y, partiendo de la base de que poseen una afinidad innata con el mundo natural y con los animales en particular, aprenden a través del yoga que hay que entender la tierra, disfrutar de ella y cuidarla.

Si tuviera que quedarme con algo irrepetible de estos días, elegiría el mandala humano, en el que pasamos de unas posturas de yoga a otras de forma muy dinámica, fluida y divertida. Y también la propuesta de yoga terapéutico de Angélica Granados: nos dividimos en dos grupos, y a unos nos taparon los ojos mientras otros nos servían de lazarillos, guiándonos en la práctica de cada postura de yoga. Sin duda, una experiencia muy intensa e ideal para niños con hiperactividad o déficit de atención.

Las prácticas de mindfulness, con ejercicios de observación plena, la risa, la pintura, el baile y la música demuestran que es posible.

El yoga en las aulas ya es una realidad, sólo hace falta que se extienda. Es preciso un cambio en la educación para cambiar la conciencia. El yoga es, probablemente, la herramienta que falta para dar impulso y no perder la esperanza.