La meditación

«Sólo tú te puedes salvar a ti mismo penetrando en tu Yo Interior.


Despierta cada día en todas las cosas haces.


Busca tu propio camino en la conciencia plena de la realidad presente,
Sin recordar el pasado ni adelantar el futuro.»


La meditación es una práctica fundamental para el desarrollo espiritual individual, la depuración y la conexión con nuestro Yo superior y con nuestros guías espirituales, produciendo a corto plazo los efectos de aumentar la potencia de nuestras transmisiones Reiki.


Los pensamientos que producimos tienen la virtud de movilizar la energía y cuanto más concentrados sean éstos, más capacidad tendrán para poner en movimiento la energía universal.


La meditación nos conduce a reencontrarnos con la plenitud de nuestra personalidad, a situarnos en paz con nosotros mismos, y es la mejor ayuda que nos podemos regalar para nuestra vida cotidiana, porque nos devuelve la autoconfianza, la paz y la alegría, lo cual nos permite afrontar las situaciones de estrés con una actitud serena, contemplándolas desde una posición objetiva de espectador, actuando ante ellas con una fuerza interna característica de las personas que están convencidas de lo que hacen por su alto nivel de confianza y seguridad en sí mismas.


La meditación expande y afina nuestra conciencia y hace más profunda nuestra comprensión de nosotros mismos, de nuestra realidad personal y de nuestro entorno, conduciéndonos progresivamente a penetrar en la conciencia de la verdad absoluta que es la unidad cósmica y universal, donde todos somos uno y donde tu conciencia individual se expande sin límites, disolviéndose en comunión con la conciencia universal donde te sientes Uno con el Todo.


Existen muchas técnicas de meditación; entre las de Oriente las más conocidas son la meditación Zen o Za-zen, que significa «recoger el espíritu»; es original de la India, desde donde pasó a China y de allí a Japón, donde se originaron dos ramas: Soto, cuyos seguidores meditan vueltos hacia la pared, y Rinzai, que lo hacen de espaldas a la misma. La meditación Zen se centra en vaciar la mente utilizando la respiración y en concentrar la atención en un punto del bajo vientre.


En el Yoga se pretende la unión del cuerpo con el alma y del hombre con Dios, y se trabaja con los chakras, concentrando nuestra atención entre las pupilas, en la punta de la nariz o sobre la coronilla como sede de la conciencia superior; en el Yoga se empieza por la purificación del cuerpo, luego por el dominio del mismo, después se estimulan las glándulas para liberar las fuerzas escondidas que se elevan a un plano superior de la conciencia hasta llegar al saber supremo.


La meditación taoísta, o «sentarse quieto sin hacer nada», tiene como objetivos, en primer lugar, restaurar la esencia (ching o jing), después transmutar la esencia en energía (Chi o Ki), y por último, convertir la energía en espíritu (Shen), con la finalidad de lograr un estado puro de desidentificación del ego y de desapego de los deseos que vayan conduciendo al ser humano en su camino de retorno al vacío original (Wu-Chi) y a la unidad con el Tao.


Una de las técnicas de meditación taoísta es la meditación pasiva, sentarse quieto sin hacer nada, vaciando la mente de los incesantes pensamientos discursivos y cerrando el paso a las percepciones sensoriales de los cinco ladrones (los 5 sentidos) y también diversas técnicas de meditaciones activas, como la sonrisa interior, la órbita microcósmica y macrocósmica, los seis sonidos curativos o la fusión de los cinco elementos que abren determinadas rutas energéticas en nuestro sistema, con la finalidad de dirigir primero el Ki hacia todos los órganos para depurarlos y liberarlos de energías negativas, y a continuación hacia los centros superiores para facilitar el proceso alquímico interior de transmutación de la energía en espíritu.


La meditación y la oración ponen en funcionamiento los mecanismos de relajación de nuestro organismo, de forma que cuando nos relajamos, meditamos y oramos un número determinado de veces, contactando con la dimensión espiritual, nuestro cuerpo aprende y responde cada vez con más rapidez e intensidad, diciéndonos una voz interior que «aquí ya he estado antes…» o «esto ya lo conozco…», y automáticamente pone en marcha el proceso natural de «la respuesta a la relajación», la cual consiste en la producción de las sustancias químicas y la generación de los impulsos eléctricos necesarios para que nuestras ondas cerebrales disminuyan hasta situarse en un estado alfa, correspondiente a una frecuencia de entre 8 y 12 ciclos por segundo, y también en desconectar los mecanismos de alerta del organismo que, si son sobreexcitados, producen el estrés que debilita nuestro sistema inmunológico.


Con el Reiki las frecuencias de las ondas cerebrales del transmisor y del receptor descienden al estado alfa, en el que entramos en sintonía con la vibración cósmica y universal, y con el ritmo paciente y pausado de lo divino, el cual nos permite sintonizar plenamente con la frecuencia sanadora del amor y la energía universal.


Así, cuando estamos relajados e inmersos en la meditación y la oración, nuestras glándulas endocrinas equilibran la producción de epinefrina y de las hormonas del estrés, se reduce la presión sanguínea y los ritmos respiratorio y cardíaco, y en este estado comenzamos a segregar las endorfinas que nos llevan a un estado alterado de conciencia.


Este mecanismo es un sistema de defensa con el que el Creador nos ha dotado genéticamente y la herramienta para conectarnos con el mundo espiritual y superar la angustia y la ansiedad que nos produce la duda existencial y el miedo a la muerte.


Se ha comprobado que hay una conexión entre la espiritualidad, la salud y la sanación, y que las personas con creencias religiosas firmes y arraigadas que asisten regularmente a celebraciones religiosas, tienen la mitad de riesgo de padecer enfermedades coronarias y sufren menos depresiones y ansiedad que los agnósticos y las personas no practicantes.


Meditamos porque queremos crecer espiritualmente y sentimos un impulso interno de avanzar en nuestro camino de evolución hacia la Luz. A través de la meditación contactamos con la dimensión espiritual donde no existe el apego al yo ni actúa el ego, allí donde no hay nada a lo que aferrarse.


Todo es comunión y sentimientos de pertenencia, de bienestar, de compartir, de ser uno con Todo y de que Todo eres tú. En el mundo espiritual todo se interpenetra, todo forma parte de ti y tú eres parte del todo. Es ilimitado y luminoso. Es alegre y satisfactorio y nada provoca tensión ni presión.


Todo fluye al ritmo del universo y del amor. Meditar es entrar fresco en el templo de la conciencia única universal y cósmica, donde están todos los que son, todo lo que ha sido y todo lo que será; y donde comprendes que no tienes necesidad de comprender, sino sólo de compartir la frecuencia vibratoria del Amor.


Con la meditación regular vas lavando el templo de tu conciencia de todos los seres grises que están dentro de ella y también de tus miedos que interrumpen el libre fluir de las energía en tus cuerpos físicos y sutiles, y progresivamente te vas desbloqueando y abriendo al Amor y a la conciencia de Unidad, a la vez que avanzas en el sentimiento de comunión y disolución de tu esencia divina con la Unidad.


LA MEDITACIÓN NOS HACE MÁS FUERTES


Mediante la meditación también nos hacemos más fuertes porque educamos nuestra mente para poder enfrentarnos a cualquier situación que se nos pueda presentar sin perder la paz ni el sosiego, frente a las situaciones «negativas» a las que nos somete la vida.


LA MEDITACIÓN COMO FUENTE DE ALEGRÍA


Debes salir de tu mente y entrar en tu corazón concentrando tu respiración en el cuarto chakra y abriéndote al Amor y a la compasión. Cuando conectes con la elevada vibración del Amor, lo sabrás porque te invade un sentimiento de satisfacción y de conexión con tu esencia, mientras que si permaneces en las vibraciones más bajas de la mente puede que también experimentes satisfacción, pero sentirás dudas, preocupaciones y miedos.


La meditación debe ser una fuente de satisfacción y de alegría, porque tenemos el privilegio de poder disfrutar de un espacio de tiempo únicamente para contactar con nuestro interior, donde reside nuestro verdadero Yo y podemos tomar conciencia de nuestra dimensión espiritual.


Al elevarte con la meditación superas las dimensiones física y mental para entrar en la dimensión espiritual en la que te sientes parte de la estructura cósmica y de la unidad total, lo que te produce una sensación profunda e íntima de alegría y de conexión con la conciencia universal y con el Plan Divino.


FORMA DE MEDITAR


Es preferible meditar por la mañana temprano, porque es un momento de paz en el que el mundo todavía no está «contaminado» de energías negativas y estamos más receptivos.


Si reservas una hora fija para tu meditación diaria, tu espíritu se acostumbrará y cuando no lo alimentes te reprochará el haberle negado esa oportunidad de crecimiento.


La postura es importante; debes comenzar a meditar en una postura que te sea cómoda y en la que no sientas ninguna tensión muscular. Lo normal es sentarse con las piernas cruzadas y con la espalda recta. Si esta postura te resulta incómoda, puedes sentarte en el suelo con la espalda apoyada en la pared o en una silla con el respaldo recto. También puedes meditar tumbado, aunque es preferible mantener cierta vigilancia para evitar caer en el sopor o en el sueño.


Con la práctica podrás meditar en cualquier posición e incluso realizando tus actividades cotidianas.


Los ojos pueden estar cerrados o semiabiertos concentrados en un punto.


Comenzarás centrándote en la respiración, realizando una respiración silenciosa. Al principio da muy buen resultado la técnica de contar tus respiraciones de la forma que prefieras: puedes contar las inspiraciones y las espiraciones en series de diez, y de esta forma la mente se irá serenando y centrando rápidamente.


Hay que sembrar en tu mente la semilla del sosiego y de la paz para que cuando dé frutos puedas pasar directamente de la dimensión mental a la dimensión espiritual donde se encuentra tu Yo superior.


Cuando acudan ideas o pensamientos extraños, déjalos pasar imaginando que tu mente es el cielo azul y que los pensamientos son nubes que aparecen y se desvanecen. También puedes visualizar que tu mente es el mar y que los pensamientos son las olas que se forman en la superficie, que nacen y mueren pero que no alteran el fondo del mar, que es tu mente.


Imagina que tu mente es un lago en calma y que los pensamientos son ondas provocadas por las piedras que caen al agua y que originan ondas concéntricas que se extienden y desaparecen.


Debes sembrar en tu mente la semilla del silencio y de la calma. Cuando tu vasija interna esté vacía, ábrete como un niño para permitir que Dios penetre en tu interior y recibir Sus Dones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *