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«ASHTANGA YOGA»

Publicado en revista Yoga Journal - Nº 68


   

El legado más importante que la tradición del yoga nos ha entregado, y que todos los grandes maestros han explicado extensamente a lo largo de la historia, está basado en los valores universales que todos los seres humanos deberíamos vivenciar en el camino común hacia la quietud interior, fuente de sabiduría y felicidad, y también de conciliación y paz en el mundo que compartimos.

Aunque simples y cercanos, es verdad que pasamos gran parte de la vida dando la espalda a la dirección que nos indican. Muchas son las dificultades personales que nos impiden integrarlos en nuestra existencia; casi todas ellas se albergan en nuestras mentes y nos llenan de sombras y confusión. Pero sin duda trabajamos intensamente para iluminar esos espacios oscuros y, desde luego, estamos en el camino que nos lleva hacia un gran cambio personal y colectivo.

Creo profundamente, porque así lo vivo personalmente, que hay un impulso vital en cada uno de nosotros que llena de voluntad y comprensión todo aquello que anhelamos, y para lo que estamos sobradamente dispuestos.

PASOS HACIA LA VISIÓN DEL ALMA

Reflexiono sobre dichos valores y me recuerdo a mí misma que el yoga comienza cuando decido vivir desde la compasión, la coherencia, la generosidad, la verdad y la integridad (o yama¯s).

Profundizo en las explicaciones que el yoga me ofrece sobre cómo germinar las capacidades primordiales, cultivando la autoindagación, la aceptación de lo que es en el momento presente, la serenidad ante el devenir de la vida, el esfuerzo constante y la pureza del alma (o niyama¯s).

Mientras practico en mi esterilla, recuerdo que el yoga además, se ocupa del cuerpo como medio para ejercitarse en lo sensorial, en lo perceptible, en lo inteligente, en lo sensible, en la comprensión de aquello que se expresa como conciencia y unidad (o âsana).

Y cuando respiro, miro hacia la posibilidad, como el yoga enseña, de canalizar las energías que actúan sobre mi cuerpo, mi mente, mis emociones y sentimientos, a través de las herramientas que me ayudan a conocerlas, limpiarlas, redireccionarlas y, finalmente, integrarlas (o prânâyâma¯s). Cuando, finalmente, puedo acercarme más hacia todo aquello que vive dentro de lo que llamo “mí misma” (pensamientos, vibraciones, silencios, oscuridades, huellas, potenciales, claridad…), me permito observar y mirar sin juicios ni valoraciones (o prâtyahâra).

Puedo obtener, como el yoga indica, una conciencia de profunda plenitud. Puedo sentir el momento presente viviendo en aquello que me ofrece y en lo que, al mismo tiempo, yo le ofrezco. Y aunque me es muy difícil vivir focalizada así todo el tiempo, reconozco los beneficios que dicha actitud me puede otorgar (o dharana).

Y, sí, me recuerdo a mí misma muchas veces durante el día que es posible la paz interior; aquella que me reconecta y me hace presente en el vivir a cada instante. Sé que sentirme una con la fuente significa un fundamental reencuentro conmigo en el centro de mi corazón, donde vive mi máximo potencial: el amor. Aunque lo sé y lo he entendido, me ejercito constantemente en honrar mi lento y fatigoso proceso (o dhyana).

Y desde luego que soy capaz de intuir la ausencia absoluta de dualidad en mí misma y en el trasfondo de una realidad que carece de sustancia. Pero, ¿es posible vivir en el estado de consciencia que se da cuenta permanentemente de ello? (o samadhi).

A medida que nos hacemos más conscientes de cada acción que realizamos, la mente va desechando los “vicios” que, con tanta experiencia, nos empujan al sufrimiento. Cualquier técnica de yoga, desde el trabajo con el cuerpo hasta el manejo de las energías y el control de la mente, miran hacia este “despertar” de la conciencia, nos permite salir del estado alienante en el que caminamos, y nos ofrece la posibilidad de vivir y gozar cada instante lo que acontece y se presenta. ¿Cómo progresar sin caer en el escapismo o convertirnos en seres fragmentados? ¿Cómo encontrar la actitud personal adecuada que impida que los eventos y circunstancias que vivimos dejen en nosotros huellas e impresiones distorsionadas o sin resolver?

EN BUSCA DE LO ESENCIAL

La vida moderna nos ha llenado de privilegios y avances de todo tipo. Paralelamente a estas comodidades, hemos ido creando, con nuestras propias manos y mentes, un sistema y estilo de vida que impiden, increíblemente, disfrutar de todo aquello que la modernidad nos ofrece. Sin duda, avanzamos en una dirección y retrocedemos en otra. Las continuas tensiones que la mente filtra a su manera, van dibujando la cotidianeidad que nos somete sin ningún tipo de control. Esas tensiones a su vez nos van apartando del espacio de calma que nos permitiría una conciencia lúcida y desapegada.

La reflexión es profunda para todos y, sin duda, las respuestas a las cuestiones planteadas no son fáciles. Tendemos a autoprotegernos creando patrones de estrés o sirviéndonos de otros más antiguos que nos automatizan. Nos aferramos a los conceptos que están de moda, a la espiritualidad del “todo a cien”, a los altos conceptos sobre el ser o la liberación del ego…, pero lo que yo vivo cada día es que lo esencial se nos escapa. No es que yo tenga la respuesta ansiada, pero estoy convencida de que el trabajo de transformación básico e importante se nos hace muy grande y fatigoso; creo que nos olvidamos de trabajar dentro de nosotros mismos, mientras danzamos en una búsqueda incesante de soluciones, fuera de nuestra piel y nuestro alcance.

Si algún sentido hemos de darle, hoy día, a la práctica del yoga, es precisamente, que nos habilita para vivir y gozar de la vida. El yoga, como camino de transformación y desarrollo de la conciencia, debe llevarnos a la autorrealización. Desde luego. ¿Son palabras mayores? No lo creo. Sólo nos presenta lo esencial. Pero todo el significado de tal objetivo supone un movimiento personal apasionante y arriesgado. Se trata de escudriñar en el interior de nuestro interior. La autorrealización es un proceso en el que evolucionamos a través de la autotransformación. Nadie lo puede poner en marcha salvo uno mismo. Es el movimiento que, a su vez, crea los fundamentos de una relación pacífica y desapegada con las circunstancias de la vida. Es una carrera que nunca termina, pero su inicio es claro. Es el secreto de la felicidad, entendida ésta como una actitud de plenitud ante el propio destino; un cambio y la disposición al cambio. No es poco.

Los 8 pasos que propone el yoga están centrados, más que en la búsqueda, en el encuentro; en generar los valores que llevan a romper, una y otra vez, con los mecanismos alienantes que nos cubren de dualidad, soledad y egocentrismo. ¿Cómo mirarnos y actuar, mirarnos y mirar a los demás desde la desnudez del amor, desde el centro del corazón? Queda mucho por hacer. Qué difícil es encontrarse y vivirse ahí, pero cuánta voluntad tenemos de hallarnos.