Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra   política de cookies AQUÍ.   Si continuas navegando, estás aceptándola.
Política de cookies +

Introducción Cuerpos energéticos Misión y funcionamiento Ciclos de evolución Bloqueos Detección Disolución Unidad y dualidad Chakra de la raíz Chakra sacro Chakra del pexo solar Chakra del corazón Chakra del timo Chakra del cuello Chakra frontal Chakra coronal Chakra coronal superior los nuevos chakras chakras de la tierra y chakras planetarios

EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA

   

La palabra «chakra» es sánscrita, y significa «rueda». También se usa en varias acepciones, derivados y sentidos simbólicos, por ejemplo, la rueda del destino para nosotros, o la rueda de la vida y la muerte para los budistas. En su primer gran sermón, Buda definió su doctrina como la Dhammachakkappavattana Sutta (chakka es el equivalente pali del chakra sánscrito), que poéticamente se traduce como “poner en marcha las ruedas de la carroza real de un imperio universal de la verdad y rectitud”, que es exactamente el espíritu de lo que significa tal expresión, del cual participa el devoto budista, aunque su traducción literal sería “el giro de la rueda de la Ley”.

El uso especial es su aplicación a una serie de vórtices, a manera de ruedas, que existen en la superficie del doble etéreo del hombre.

Para quienes no estén familiarizados con la terminología, es conveniente señalar que en las conversaciones superficiales, se suele mencionar el alma en el sentido de que el cuerpo por medio del cual se expresa, es el ser verdadero, y a lo que se denomina «alma» es una posesión o condición natural de tal cuerpo –algo así como un globo flotando sobre él y de una forma vaga, también adherido a él-. Esta es una afirmación incorrecta y engañosa: la verdad es exactamente lo opuesto. El hombre es un alma y posee un cuerpo, de hecho, posee varios cuerpos, porque aparte del vehículo visible por medio del cual desempeña sus actividades en su mundo terrenal, tiene otros que no son visibles a la mirada ordinaria, por medio de los cuales trata con los mundos emocional y mental.

En el transcurso del siglo XIX se hicieron adelantos enormes en el conocimiento de los detalles más minuciosos del cuerpo físico; los estudiantes de medicina están actualmente familiarizados con las desconcertantes complejidades del organismo humano y tienen, cuando menos, una idea general de la manera como funciona su asombroso e intrincado mecanismo.

EL DOBLE ETÉRICO

Naturalmente, debido a que los estudiantes de medicina han concentrado su atención en aquella parte del cuerpo que es lo suficientemente densa para ser visible al ojo humano, es probable que la mayoría de ellos no se percate de la existencia de ese tipo de materia, física aunque invisible, a la que en Teosofía se le da el nombre de «etérea».

Esta parte invisible del cuerpo físico es de suma importancia para nosotros, pues constituye el vehículo por el cual fluyen las corrientes vitales que mantienen activo nuestro organismo, y sin él –como un puente para conducir las ondulaciones del pensamiento y la sensibilidad del astral a la materia visible física más densa-, el ego no podría usar las células cerebrales. Es bien visible al clarividente como una masa de neblina gris violeta, débilmente luminosa, que interpenetra la parte densa del cuerpo físico y se extiende ligeramente un poco más allá de éste.

La vida del cuerpo físico es de un cambio perpetuo, y para mantenerse con vida, requiere que se le provea constantemente de tres fuentes distintas. Debe tener comida para nutrirse, aire para respirar y tres formas de vitalidad para su absorción. Esta vitalidad es esencialmente una fuerza, pero vestida de materia, que se nos presenta como si fuese un elemento químico altamente refinado. Existe esta fuerza en todos los planos, aunque nuestro interés es considerar sus manifestaciones en el mundo físico.

A fin de entenderla mejor, debemos saber algo de la constitución y distribución de esta parte etérea de nuestros cuerpos.

LOS CENTROS

Los chakras o centros de fuerza son puntos de conexión a través de los cuales la energía fluye de uno a otro vehículo o cuerpo del hombre. Quien tenga un ligero grado de clarividencia, puede verlos fácilmente en el doble etéreo, donde se muestran en su superficie, como depresiones, a semejanza de platillos o vórtices. Cuando se encuentran poco desarrollados, aparecen como pequeños círculos de aproximadamente unos 5 centímetros de diámetro, brillando mortecinamente en el hombre ordinario; pero cuando se han despertado y vivificado, se perciben como torbellinos refulgentes en creciente aumento, y semejando soles diminutos.

En ocasiones hablamos de ellos como si correspondiesen a ciertos órganos físicos; en realidad aparecen en la superficie del doble etéreo, que se proyecta ligeramente más allá del cuerpo denso. Si nos imaginásemos, viendo directamente hacia abajo, dentro de la corola de una flor, podríamos hacernos una idea de la apariencia general de un chakra. El peciolo de cada flor brota de un punto en la columna vertebral, por lo que otra perspectiva mostraría la columna vertebral como un tallo central, del cual brotarían las flores a trechos, mostrando la abertura de sus campanas en la superficie del cuerpo etéreo.

Todas estas ruedas están girando constantemente, y por su cubo o boca abierta fluye siempre una fuerza del mundo superior que se denomina “la fuerza primaria”. Esta fuerza es de naturaleza séptuple, y todas sus formas operan en cada uno de estos centros, aunque una de ellas, en cada caso, predomina por lo general sobre las otras. Sin este influjo de energía, el cuerpo físico no podría existir. Por lo tanto, los centros permanecen activos en todos nosotros, aunque en las personas menos evolucionadas, el movimiento es más lento, formando sólo el vórtice necesario para la fuerza, y nada más. En personas más evolucionadas, puede fulgurar y palpitar con luz vívida, de suerte que por ellos pasa una cantidad de energía muchísimo mayor, con el resultado de que a la persona se le abren facultades y posibilidades adicionales.

Debe entenderse que los centros difieren en medida y en luminosidad, y según las diferentes personas, e incluso en una misma persona, pueden estar unos mucho más desarrollados que otros. En el caso de una persona que, por un determinado centro, supere ampliamente las cualidades expresadas, tal centro no sólo se encontrará amplificado, sino también especialmente radiante, y arrojará brillantes rayos dorados.

LA FORMA DE LOS VÓRTICES

 

Esta energía divina que desde el exterior se derrama en cada centro, levanta sobre sí ángulos rectos, es decir, en la superficie del doble etéreo, fuerzas secundarias en movimiento circular ondulatorio.

La  fuerza primaria, una vez que ha entrado en el vórtice, radia de nuevo líneas rectas, como si el centro del vórtice fuera el cubo de una rueda y sus radios las radiaciones de la fuerza primaria. Por medio de estos radios, la fuerza parece unir como con ganchos, los cuerpos astral y etéreo. El número de estos radios difiere en los distintos centros de fuerza y determina la cantidad de ondas o “pétalos” que cada uno de ellos exhibe. Por este motivo, a dichos centros a menudo se les compara poéticamente en los libros orientales con flores.

Cada fuerza secundaria que atraviesan rápidamente por la hondonada que semeja un platillo, tiene su peculiar longitud de onda, así como luz de un determinado color; pero en lugar de moverse en línea recta, como sucede con la luz, lo hace en ondulaciones relativamente amplias, de diversa dimensión, cada una de las cuales es múltiplo de las longitudes de ondas más pequeñas dentro de él. El número de ondulaciones se determina por el número de radios en la rueda, y la fuerza secundaria se entreteje bajo y sobre las corrientes radiantes de la fuerza primaria, tal como una labor de cestería pudiera entretejerse alrededor de los radios de una rueda de carruaje.

Las longitudes de onda son infinitesimales, y probablemente cada ondulación las contiene a millares. Como las fuerzas corren alrededor del vórtice, estas oscilaciones de medidas diferentes, que se cruzan una con otra como en un cesto, producen una forma semejante a la de una flor, aunque quizá guarde un mayor parecido con ciertos platos o recipientes de poco fondo, de un vidrio ondulante e iridiscente. Todas estas ondulaciones o pétalos tienen ese iridiscente y tremulante efecto, como el nácar; sin embargo, cada una de ellas presenta su propio color predominante. Este aspecto plateado nacarado suele compararse, en las obras sánscritas, con el fulgor de la luz de la luna sobre el agua.

Los chakras están divididos en tres grupos: los inferiores, los intermedios y los superiores; podrían denominarse respectivamente, fisiológicos, personales y espirituales.

Los chakras primero y segundo, que poseen pocos radios o pétalos, se encargan principalmente de recibir en el cuerpo dos fuerzas procedentes del plano físico –una es el fuego serpentino de la tierra y la otra, la vitalidad proveniente del sol-. Los centros del grupo intermedio, es decir, el tercero, el cuarto y el quinto, son los responsables de las fuerzas que llegan al hombre por medio de su personalidad –por el astral inferior en el caso del tercer chakra, por el astral más elevado en el cuarto, y por la mente inferior en el quinto chakra-. Todos estos centros parecen alimentar determinados grupos glanglionares del cuerpo físico. El sexto y el séptimo centro, están separados de los demás, conectados con el cuerpo pituitario y la glándula pineal respectivamente, y se ponen en acción sólo cuando se ha alcanzado cierto desenvolvimiento espiritual.

Se sugiere que cada uno de los diferentes pétalos de estos centros de fuerza, representa una cualidad moral, y que el desarrollo de esa cualidad pone al centro en actividad. Por ejemplo, en el Upanishad Dhyanabindu, los pétalos del chakra cardíaco se asocian con la devoción, la pereza, la cólera, la caridad y cualidades análogas. No hay pruebas que evidencien o confirmen esta teoría, y no es fácil ver cómo puede ser así, porque la manifestación se produce por ciertas fuerzas reconocibles, los pétalos de cualquier centro en particular están activos o no lo están según las fuerzas se hayan puesto en actividad, y su desenvolvimiento parece no tener más conexión con la moralidad que lo que pudiera tener el desarrollo de los bíceps. Por el contrario, hay personas en las cuales algunos centros están en plena actividad, aunque su evolución moral no es por ningún concepto excepcionalmente elevada, mientras que en otras de elevada espiritualidad, sus centros están escasamente vitalizados. Por tanto, parece no existir una conexión necesaria entre los dos desarrollos.

Sin embargo, existen ciertos hechos observables que pueden constituir las bases de esta idea. Aunque la semejanza con pétalos está motivada por las mismas fuerzas que fluyen constantemente alrededor del centro, alternativamente por encima y por debajo de los diversos radios, esos radios difieren en carácter, porque la fuerza que se precipita dentro, subdivide sus partes o cualidades, y por tanto, cada radio brilla con una influencia propia, aunque los cambios sean ligeros.

Al pasar por cada radio, la magnitud de la fuerza secundaria queda modificada, y por consiguiente, cambia ligeramente su matiz. Algunos de estos matices pueden indicar una forma de la fuerza que ayude al crecimiento de alguna cualidad moral, y cuando tal cualidad se fortalece por su vibración correspondiente, se hará más pronunciada. De este modo, la mayor intensidad o debilidad del colorido, puede tomarse como la demostración de poseer un mayor o menor grado de aquella facultad.

Estos siete centros de fuerza frecuentemente son descritos en la literatura sánscrita, en los Upanishads menores, en los Puranas y en las obras tántricas. Hoy en día los utilizan muchos yoguis indios.

También parece que ciertos místicos europeos conocían los chakras. Prueba de esto la encontramos en un libro titulado «Theosophia Practica», del místico alemán Johann Georg Gichtel. Gichtel trata aquí con el hombre mundano, ordinario, que se halla sumido en un estado de tinieblas, por lo que tal vez se le pueda disculpar el hecho de que sea algo pesimista acerca de sus chakras. Deja pasar al primero y al segundo sin comentarios (quizá sabiendo que principalmente están relacionados con el proceso fisiológico), pero designa al plexo solar como la casa de la cólera –como es en verdad-. Ve el centro del corazón lleno de egoísmo; la garganta, con envidia y avaricia, y los centros superiores de la cabeza no irradian más que orgullo.

   

También adscribe planetas a los chakras: sitúa a la Luna en el básico; a Mercurio en el esplénico; a Venus en el umbilical; al Sol en el corazón (aunque se debe observar que una serpiente en espiral lo rodea); a Marte en el laríngeo; a Júpiter en el frontal y a Saturno en el coronario. Vale la pena tener en cuenta que se dibuja una espiral que, partiendo desde la serpiente que rodea al corazón, pasa por todos y cada uno de los centros, aunque parece no haber una razón precisa para el orden en que su línea los toca. El autor nos da enseguida una ilustración del hombre que ha aplastado ya a la serpiente, y por lo tanto, ha sido regenerado por Cristo; se ha reemplazado al Sol por el Sagrado Corazón, chorreando sangre. El interés de la ilustración, en este caso, no se centra en las interpretaciones del autor, sino en el hecho que muestra, sin posibilidad de equivocación, que cuando menos algunos de los místicos del siglo XVII, conocieron la existencia y posición de los siete centros en el cuerpo humano.

Podemos hallar un evidencia posterior del primitivo conocimiento de estos centros de fuerza en los rituales de la francmasonería, cuyos objetivos sobresalientes nos vienen desde tiempo inmemorial; los monumentos nos muestran que estos objetivos fueron conocidos y practicados en el Egipto antiguo, y que se han venido transmitiendo fielmente hasta nuestros días. Los masones los tienen entre sus secretos, y al utilizarlos actualmente, estimulan determinados de estos centros para su trabajo, aunque por lo general, poco o nada conocen de lo que ocurre más allá de su visión “normal”.